La sociedad basada en los méritos

Durante muchos siglos nuestros antepasados asociaban su situación en la sociedad, sus éxitos y sus fracasos, a la providencia. Tu rango social estaba ampliamente marcado desde el nacimiento, y todos los acontecimientos que te acontecían durante la vida, ya fuesen buenos o malos, estaban relacionados con la divina providencia. Tanto reyes (los cuales eran por designación divina) como plebeyos eran educados para aceptar su posición y los designios que la providencia les iba concediendo.

Los dos movimientos republicanos de finales del siglo XVIII, el americano con su Declaración de Independencia de 1776, y el francés con su Revolucion en 1789, crearon un nuevo modelo de entender el mundo, donde el principio fundamental es la consideración de que todos los hombres son iguales desde el nacimiento (Declaración de los Derechos del hombre y del ciudadano). A partir de este principio, los sistemas sociales y sus leyes se definieron para otorgar a todos los ciudadanos igualdad de oportunidades que les permitiese acceder a los diferentes rangos sociales. El éxito sólo debería depender de los méritos de cada uno. Es curioso descubrir que los primeros gobernantes americanos consideraban que era la Divina Providencia la que les había otorgado la misión de crear ese nuevo sistema de gobierno y extenderlo por América (ver este post sobre el tema). Durante los siguientes siglos muchos países pusieron en marcha los mismos principios y crearon la sociedad que ahora conocemos (de todas formas, la actualidad diaria nos hace ver que existen muchas sociedades a las que aún les queda algunos “metros” por recorrer).

Pero aunque sea muy positivo el haber dejado atrás la creencia de que el éxito o el fracaso depende de los designios divinos, Alain De Botton considera que el basarlo todo en nuestros propios méritos genera ansiedad y envidia, y nos vemos inmersos en una crisis profesional.

ANSIEDAD

Loser

En el siglo XXI los responsables de nuestras vidas somos nosotros mismos. Ya no son ni los dioses, ni la fatalidad, ni el Universo, sólo nosotros estamos al mando. Eso es estimulante si te está yendo bien, pero terriblemente desolador y aplastante si es todo lo contrario. Hoy en día cualquiera puede lograr lo que se proponga. Si tienes energía, habilidad y talento llegarás a la cima y nada podrá detenerte. En la sociedad actual el éxito está al alcance de todos y el que no lo consigue es un perdedor, un fracasado, un “Loser”.

Nos tomamos nuestros devaneos por la vida estrictamente de una forma personal y consideramos todos los resultados, tanto positivos como negativos, resultante de nuestras acciones. Aunque la santa providencia esté un poco “démodé”, siguen existiendo factores que no podemos controlar porque son producto del azar, de la casualidad, o de la suerte: estar en el momento oportuno en el sitio adecuado, o simplemente, conocer a la persona que hay que conocer.

Esta situación de que “por mis méritos me valorarán” lleva a generar en las personas ansiedad y provocarles seria crisis profesional. Nuestra tarjeta de visita, nuestra posición social, es la que nos hace que seamos interesantes a nuestro interlocutor o que se de media vuelta y pase de nosotros completamente. Y es que sólo a nuestra madre le importamos tal cómo somos y no lo qué somos, pero desgraciadamente… madre no hay más que una.

ENVIDIA

“Es muy díficil envidiar a la Reina Isabel de Inglaterra” dice Alain de Botton; aunque tenga más dinero, una casa más grande, más poder y más súbditos, es casi imposible envidiarla ya que es alguién con la que no podemos identificarnos. Habla de forma extraña y distinta a los demás mortales, es rara, viene de una familia también especial y de un mundo muy peculiar que la hace muy diferente a nosotros.

Si no te puedes identificar con alguien, no lo envidias. Por otro lado, cuanto más cercanas sean dos personas en edad, procedencia, trayectoria profesional,… mayor posibilidades habrá de que exista entre ellas ese sentimiento de envidia. Sentimos envidia de los que, considerándolos como nosotros, han logrado cosas que nosotros no hemos podido, han llegado a donde no hemos llegado o hacen algo que nosotros nos consideramos capaces de hacer pero que no hacemos o no nos hemos lanzado a hacer. En este sentido Alain de Botton nos recomienda irónicamente evitar las reuniones de ex-alumnos del colegio, donde se concentran todos los éxitos y fracasos de los que empezaron desde el mismo punto de partida.

Los medios de comunicación y la publicidad te hacen sentir que si tienes ganas, un mínimo de conocimientos, energía y encima tienes un garage, puedes ser un nuevo Bill Gates o un Mark Zuckerberg. Pero la verdad es que nos pueden separar de ellos tantas cosas como nos separan de la Reina de Inglaterra.

En definitiva, que debemos celebrar los principios de igualdad y meritocracia, pero sin castigarnos más de los necesario por nuestros “tropiezos”, pues aunque no creamos completamente en la divina providencia, el azar sigue participando en el juego de la vida.

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